En 2013, Theodore Twombly caminaba por Los Ángeles hablando con Samantha a través de un pequeño auricular.
No abría una aplicación, no escribía un prompt y no tenía que elegir entre modelos. Simplemente hablaba. Ella escuchaba, conocía su contexto y, sobre todo, parecía estar ahí.
Durante años hemos dicho que Spike Jonze anticipó la inteligencia artificial conversacional. Quizá acertó en algo todavía más importante: comprendió que la interfaz perfecta sería aquella que terminara por desaparecer.
Trece años después, la inteligencia artificial ya sabe hablar, ver, recordar y hacer cosas.
Lo que todavía no sabemos es dónde ponerla.
La inteligencia ya llegó. El objeto no
En Mi viaje por la IA contaba cómo pasé de probar prácticamente cualquier herramienta nueva a concentrar de nuevo la mayor parte de mi trabajo en ChatGPT.
Después de años saltando entre servicios, ya no busco una IA ligeramente mejor para cada tarea. Prefiero un lugar donde convivan los proyectos, los archivos, las conversaciones y los agentes.
Pero esa simplificación me ha llevado a otra pregunta.
Si la IA ya puede escribir, ver imágenes, escuchar, recordar contexto y ejecutar tareas, ¿por qué seguimos relacionándonos con ella casi siempre a través de una caja de texto dentro de una pantalla?
El teléfono ya tiene cámara, micrófono y conexión permanente. El ordenador contiene nuestros archivos y el contexto del trabajo. En teoría no necesitamos otro aparato. En la práctica, utilizar la IA todavía exige ir a buscarla: abrir una aplicación, encontrar el proyecto adecuado y reconstruir el contexto.
Los agentes están empezando a cambiar la parte final de ese proceso. Ya no se limitan a responder: pueden revisar archivos, controlar aplicaciones o trabajar durante un rato sobre un objetivo.
Lo que aún no hemos resuelto es qué objeto merece convertirse en la puerta de entrada a todo eso.
Varias empresas lo han intentado. Algunas llegaron demasiado pronto. Otras construyeron una puerta que, sencillamente, nadie quería utilizar. La industria ha aprendido unas cuantas lecciones bastante caras.
Humane: un cuerpo que no sobrevivió
El Humane AI Pin tenía una idea muy atractiva.
En lugar de mirar una pantalla, llevaríamos la inteligencia sobre la ropa. Hablaríamos con ella, usaría una cámara para entender lo que teníamos delante y proyectaría información sobre la palma de la mano.
Era uno de esos productos que se entienden mejor en un vídeo de presentación que en el uso diario.
Costaba 699 dólares y requería una suscripción de 24 dólares al mes. A cambio prometía reducir nuestra dependencia del teléfono y convertir la IA en una presencia ambiental.
La realidad fue bastante menos elegante.
El proyector resultaba difícil de ver a plena luz del día. El dispositivo se calentaba, la batería requería demasiada atención y las respuestas podían ser lentas o equivocadas. Cada fricción pesaba más porque el producto pretendía sustituir funciones que el teléfono ya resolvía bien.
El problema no era únicamente que algunas características funcionaran mal. Era que el AI Pin pedía cambiar nuestros hábitos antes de demostrar que podía hacer el trabajo básico.
En febrero de 2025, HP acordó adquirir por 116 millones de dólares la plataforma Cosmos, parte del equipo y más de 300 patentes y solicitudes de Humane.
Diez días después del anuncio, los servidores de consumo se apagaron.
El Pin perdió las llamadas, los mensajes, las consultas de IA y el acceso a la nube. Un dispositivo vendido menos de un año antes dejó de realizar prácticamente todo aquello para lo que había sido comprado.
El cuerpo murió. Parte del cerebro terminó en HP.
Humane dejó una lección incómoda: cuando un aparato depende por completo de servicios remotos, también estamos confiando en que la empresa, los servidores y el modelo de negocio continúen existiendo. Puedes conservar el objeto en un cajón. Eso no significa que siga siendo un producto.
Rabbit R1: el cuerpo llegó antes que el cerebro
El Rabbit R1 tomó otra dirección.
Era naranja, pequeño y deliberadamente visible. Teenage Engineering participó en su diseño y se notaba. Tenía una pantalla, una cámara giratoria, un botón para hablar y bastante más personalidad que la mayoría de los dispositivos actuales.
Además, costaba 199 dólares y no exigía una suscripción mensual.
La promesa era más ambiciosa de lo que sugería aquel cuadrado de plástico: su Large Action Model no se limitaría a responder preguntas. Aprendería cómo utilizamos las aplicaciones y realizaría acciones en nuestro nombre.
Esa idea encaja mucho mejor con la IA de 2026 que con la disponible cuando empezaron las entregas del R1 en abril de 2024.
El producto inicial tenía problemas de batería, respuestas poco fiables y conexiones limitadas con servicios como Spotify, Uber, DoorDash o Midjourney. Faltaban alarmas, calendario, navegación, llamadas y mensajes.
Me tienta describirlo ahora como un dispositivo incomprendido y adelantado a su tiempo. Pero eso sería reescribir la historia.
El Rabbit R1 salió demasiado pronto.
La propia Rabbit lo terminó reconociendo. Al presentar rabbitOS 2 en septiembre de 2025, su fundador habló de una distancia enorme entre las expectativas y la experiencia original. Para entonces habían publicado más de treinta actualizaciones en dieciséis meses y rediseñado casi todo el sistema.
La diferencia frente a Humane es que Rabbit siguió trabajando sobre el dispositivo que ya había vendido.
Y consiguió mantenerlo con vida hasta que apareció una utilidad bastante más convincente.
La segunda vida del Rabbit R1
En enero de 2026, Rabbit añadió acceso experimental a OpenClaw. En julio llegaron Hermes Agent y una integración renovada con OpenClaw, además del soporte que ya existía para Claude Code.
Esto requiere una precisión importante: esos agentes no se ejecutan dentro del R1.
El usuario instala Rabbit Agent en su ordenador y el R1 se convierte en una interfaz remota. Desde él puede hablar, iniciar o continuar sesiones y dar instrucciones al agente que trabaja en su Mac o PC.
Puede parecer un detalle técnico, pero cambia por completo la forma de entender el producto.
Quizá el Rabbit R1 no necesitaba tener una gran inteligencia propia. Necesitaba conectarse con una que ya supiera trabajar.
El aparato pone la cámara, el micrófono y el botón. Hermes u OpenClaw ponen la memoria, las herramientas y la capacidad de actuar.
Hace unos meses miré el Rabbit R1 como posible experimento. Me atraía como gadget, pero me costaba encontrarle un lugar real entre el teléfono, el ordenador y los agentes que ya utilizaba.
Ahora lo miro de otra forma.
No porque el hardware haya cambiado de repente, sino porque aquello a lo que puede dar acceso es mucho más útil que en 2024.
Sigue sin ser el dispositivo de Her ni una compra imprescindible. Pero su segunda vida demuestra que la diferencia entre un gadget curioso y una buena interfaz puede estar menos en el objeto que en la inteligencia que existe detrás.
El pequeño aparato de Theodore tampoco es Samantha.
Solo es la puerta.
OpenAI pone Codex encima del escritorio
El anuncio ya está aquí. OpenAI y Work Louder han lanzado Codex Micro, un controlador físico para ChatGPT Codex que cuesta 230 dólares.
No es el misterioso dispositivo de consumo que OpenAI desarrolla con Jony Ive. Tampoco parece un asistente autónomo comparable al Rabbit R1 o al Humane AI Pin.
Es algo mucho más modesto: una consola de mando para sacar los controles de Codex de la pantalla y colocarlos sobre el escritorio.
El aspecto final confirma que no es un teclado genérico con otro logotipo. Tiene trece interruptores mecánicos, sensor táctil, dial y joystick; funciona por Bluetooth o USB-C en Mac y Windows.
Lo interesante está en cómo los han conectado con Codex. Las Agent Keys muestran con luz RGB el estado de cada agente: si está pensando, trabajando, esperando o ha terminado. El joystick abre flujos habituales, como revisar una pull request, depurar un error o refactorizar código.
Las teclas de comando dan acceso directo a aceptar, rechazar, usar push-to-talk o abrir un chat nuevo. Y el dial permite ajustar el nivel de razonamiento en ese momento: rápido para una tarea sencilla, más profundo cuando el trabajo lo pide.
El valor de un aparato así está en convertir acciones abstractas en gestos repetibles y, con el tiempo, en memoria muscular. No necesita meter otro modelo de IA dentro de una caja.
Es una entrada bastante menos espectacular al hardware que prometer el sustituto del teléfono. También puede ser más sensata.
OpenAI no necesita convencer a millones de personas para que lleven un objeto nuevo colgado de la ropa. Solo tiene que conseguir que quienes trabajan con Codex prefieran pulsar un botón antes que buscar una función en la pantalla.
No es la respuesta definitiva a dónde vivirá la IA. Pero sí es una idea muy concreta de cómo podríamos dirigir a los agentes que ya trabajan con nosotros.
El teléfono no piensa rendirse
Cada nuevo dispositivo de IA compite con un objeto que ya llevamos encima.
El teléfono tiene pantalla, cámaras, micrófonos, conexión permanente y acceso a nuestras aplicaciones. Además, ya está pagado y ocupa un lugar en nuestros hábitos.
Para justificar otro aparato no basta con hacer lo mismo de una forma más rara.
Humane añadía un Pin, baterías, un cargador y una suscripción para resolver peor algunas tareas que el teléfono. Rabbit pedía llevar otro cuadrado en el bolsillo sin tener todavía una función imprescindible.
Por eso me resulta interesante que el proyecto de Work Louder no intente sustituir nada.
Un controlador de escritorio acepta que el ordenador seguirá ahí. Su trabajo consiste en reducir la fricción entre la persona y el agente. Es una ambición menor, pero tiene una forma clara de demostrar si funciona.
Un dispositivo dedicado a la IA tendrá que ahorrar más tiempo del que exige y explicar con claridad cuándo escucha, qué recuerda, a qué herramientas tiene acceso y cómo se apaga de verdad.
Si no supera esas pruebas, será otro objeto que cargar.
Y ya tenemos bastantes.
El cerebro de OpenAI busca su forma
En junio de 2025 publiqué una pieza sobre la alianza entre Sam Altman y Jony Ive. La terminaba con una pregunta bastante sencilla: ¿es el futuro o una fantasía millonaria?
Un año después, la pregunta sigue abierta.
La colaboración entre OpenAI, Jony Ive y LoveFrom empezó alrededor de 2023. Las primeras exploraciones se convirtieron en diseños tangibles y llevaron a la creación de io.
En julio de 2025, el equipo de io se integró en OpenAI. Ive y LoveFrom continuaron como entidades independientes, pero asumieron responsabilidades de diseño y dirección creativa.
Lo que todavía no conocemos es la forma final de esos productos.
Conviene mantener esa incertidumbre. OpenAI no ha confirmado públicamente qué forma tendrá el primer producto.
El reto tampoco consiste solo en pedirle a Jony Ive que dibuje una carcasa bonita.
El aparato tendrá que resolver la batería, la latencia y la privacidad, además de una pregunta más difícil: por qué alguien querría llevarlo cuando ya tiene un teléfono y unos auriculares.
OpenAI parte, eso sí, desde una posición diferente a la de Humane o Rabbit.
Aquellas compañías construyeron primero el cuerpo y esperaron que la inteligencia alcanzara su promesa. OpenAI ya tiene una inteligencia utilizada a diario, voz, visión, memoria y agentes capaces de trabajar.
Ahora busca una forma física que esté a la altura.
Lo que Her entendió de verdad
Her no predijo ChatGPT, el Rabbit R1 ni el próximo producto de OpenAI.
Acertó en algo menos concreto y posiblemente más importante.
Samantha no espera dentro de una aplicación. Participa en la vida de Theodore, conoce su trabajo, recuerda conversaciones y cambia con el tiempo.
Esa comodidad tiene un precio que la película también deja entrever.
Para ayudar de esa manera, una inteligencia necesita estar muy cerca. Tiene que escuchar, observar y relacionar partes de nuestra vida repartidas entre el teléfono, el ordenador, el email, el calendario y las fotos.
La forma del dispositivo deja otra duda bastante más incómoda: cuánto acceso estaremos dispuestos a darle.
Yo podría imaginar un aparato capaz de hablar con mis agentes, revisar proyectos y actuar cuando se lo pida. Pero necesitaría saber qué escucha, qué guarda y cómo puedo detenerlo. Querría controles físicos, un historial comprensible y un botón de apagado real.
Quizá por eso el pequeño controlador de Work Louder tiene más relación con el futuro de la IA de lo que parece.
Un botón no resuelve el problema completo, pero deja claro quién tiene la última palabra.
El dispositivo que sí llevaría conmigo
No necesito otro gadget que me permita hacer lo mismo que ya hago con el teléfono.
Necesito que elimine un paso.
Me interesaría un dispositivo que me dejara capturar una idea, hablar con un agente o aprobar una acción sin tener que buscar la aplicación y reconstruir el contexto.
Tendría que conectarse con mis archivos y herramientas, mantener continuidad entre dispositivos y dejarme decidir hasta dónde puede llegar.
También tendría que desaparecer cuando no lo necesito.
Y aquí es donde vuelvo a Siri AI.
Puede que Apple haya entendido mejor el problema. Quizá no haga falta inventar otro objeto si ya tenemos un teléfono, un Mac, un reloj y unos auriculares que nos acompañan durante el día. Lo importante es que la IA pueda moverse entre ellos sin obligarnos a pensar dónde está.
Si Siri AI consigue entender el contexto de mis mensajes, emails, archivos, pantalla, calendario y recordatorios, y puedo hablarle desde el iPhone o los AirPods, estaría bastante cerca de lo que acabo de describir.
Humane demostró que un diseño elegante no compensa una experiencia poco fiable. Rabbit encontró otra utilidad al mejorar lo que había detrás. Codex Micro propone una consola de mando para trabajar con agentes, no otro asistente. OpenAI y Jony Ive todavía tienen que demostrar que existe una categoría nueva y no solo otro accesorio bonito.
No sé cuál de esas ideas acabará funcionando.
Pero sí sé que el listón está mucho más alto que fabricar un aparato extraño y ponerle IA en el nombre.
Volviendo a HER
Theodore camina por la ciudad hablando con Samantha y apenas mira el dispositivo que lleva consigo. Cuando vi la película por primera vez pensaba en lo increíble que era aquella inteligencia.
Ahora me sorprende otra cosa: lo poco que tiene que pensar en el hardware.
Puede que el futuro dispositivo de OpenAI no se parezca en nada al de la película. Puede que el Rabbit R1, un pequeño teclado, unas gafas o incluso los auriculares que ya tenemos terminen acercándose más.
La IA ya tiene un cerebro bastante capaz.
Ahora busca un cuerpo.
Y sospecho que sabremos que lo ha encontrado el día en que dejemos de mirar el aparato.